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Reflexiones sobre la Educación Positiva

Reflexiones sobre la Educación Positiva

La educación, entendida desde su esencia, implica formar personas responsables que interactúen y sean capaces de enfrentarse al mundo que les rodea de forma adaptativa. Hay muchas maneras de entender la educación, tantas como estilos educativos. Si bien es cierto que cada individuo va forjando su personalidad con sus propias experiencias, esta viene determinada principalmente por la influencia de nuestro ambiente, y el ambiente con mayor influencia para un niño es su familia y los aprendizajes que se inculcan en ella.

Dicho esto, y puesto que nuestro objetivo es educar a nuestros pequeños de la mejor manera, es importante preguntarse, ¿qué quiero enseñar a mi hijo? Y, en función de ello, ¿cómo se lo voy a enseñar? La primera pregunta es siempre la más fácil de responder. Sin embargo, a la hora de poner en práctica la segunda y elegir los procedimientos adecuados para hacerlo es cuando pueden aparecer las dificultades que tantas veces se exponen en la consulta de psicología infantil: ¿le castigo para que aprenda? ¿debería ser más estricto con las normas? ¿tiene que aprender a espabilarse solo? La respuesta más adecuada a estas dudas es sin duda la de poner en práctica un estilo de educación positiva.

La educación positiva

La educación positiva comienza teniendo los objetivos claros y consensuados por ambos padres acerca de qué queremos enseñar a nuestro hijo. Esto implica que los papás sean “un equipo” y ambos eduquen en la misma dirección.

Como punto de partida, no debemos olvidar que el aprendizaje requiere su tiempo. Las primeras veces que una conducta se pone en práctica, requiere ayudas tanto verbales como físicas. Además de ello, es muy importante valorar los intentos que realice el niño por aprender y mejorar. Por ejemplo, pensemos que queremos enseñar a nuestro hijo a hacerse la cama. Siguiendo las indicaciones que hemos planteado, lo idóneo sería que las primeras veces, papá o mamá hagan la cama con el niño, de manera que se proporciona una ayuda física y al mismo tiempo que se le explica con palabras los pasos que vamos dando. De este modo, estamos siendo ejemplo para él, le estamos enseñando y a la vez haciéndole miembro activo del aprendizaje de esta nueva tarea. Además de esto, añadíamos la importancia de valorar sus intentos de hacer la cama y demostrarle nuestra confianza en que puede hacerlo a pesar de que el resultado no haya sido el más adecuado, premiando sus avances y su iniciativa por realizarlo.

Mensajes claros, concisos y constructivos

La educación positiva implica además ser claros y concisos a la hora de dar órdenes, huyendo de largos discursos, y ceñirnos al mensaje que queremos trasladar. Evitando ser punitivos y tratando de ser más constructivos. Educar en aprender lo que se ha hecho mal no es lo mismo que educar en enseñar cómo hacerlo bien.

Para concluir, un último apunte acerca de la educación positiva, y no por ello menos importante, es no olvidar que gran parte de la educación que damos a nuestros pequeños se la transmitimos con el ejemplo; con nuestros comportamientos, nuestras actitudes y maneras de enfrentarnos a las situaciones del día a día. Nosotros hacemos, ellos observan.

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Nuria Pozueta

Psicóloga especialista en terapia de conducta y psicología clínica infanto juvenil. Vivo mi profesión con pasión y dedicación. Amante de los animales, la naturaleza y los buenos ratos con amigos.

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