Blog

La influencia de los adultos en la autoestima infantil

La influencia de los adultos en la autoestima infantil

El déficit de autoestima es uno de los problemas más frecuentes en la población infanto-juvenil. La valoración que hacen los jóvenes de sí mismos no es todo lo positiva que podría ser. Y a veces no son ellos quienes no se valoran, sino su entorno el que se lo pone difícil. Hoy quiero recalcar tres aspectos fundamentales que pueden ayudar a promover una mejor autoestima en nuestros niños y niñas.

La sociedad

Está muy extendida (y aceptada socialmente) la autocrítica negativa y, en cierto, modo “mal vista” la auto valoración positiva. Es decir, que reconocer públicamente que soy muy despistada, o decir que tengo un pelo horroroso, va a recibir una mayor aceptación que decir que tengo un tipazo o que soy un excelente cocinero.  Esto hace que tengamos mayor tendencia a valorarnos negativamente que a creernos nuestras virtudes.

La consecuencia de esta “norma social no escrita” se observa, por ejemplo, cuando pedimos a un niño/adolescente que nos diga aspectos positivos de sí mismo. ¿Qué pasa entonces? Las reacciones a ello (con gran frecuencia) son: bloqueo (no dar ninguna respuesta), cara de incredulidad (como si jamás nadie antes les hubiera planteado tal cuestión), respuestas del tipo “no lo sé, nunca me he parado a pensarlo” o “eso no lo puedo decir yo, tendrás que preguntarles a los que me conocen”, etc. Generalmente acaban respondiendo algo bueno de ellos… pero tampoco muy convencidos o restándole importancia.

¿Qué tipo de valoración haré de mí mismo si cuando me paro a pensar en mis aspectos positivos me ocurre algo así? ¿Seré capaz de valorarme positivamente? ¿De ver mis potenciales, aptitudes y fortalezas? ¿De creer que las tengo? ¿Qué sucederá cuando me tenga que enfrentar a una situación que suponga un reto para mí? ¿Cómo sentiré que lo puedo afrontar? Seguramente con inseguridad y falta de confianza en mí mismo.

¿Qué está fallando? Resulta contradictorio, porque la sociedad lo que exige son personas válidas, con potencial, autónomas, seguras de sí mismas, que demuestren cuánto valen, porque realmente se lo creen. Potenciemos esto último desde el principio, desde la infancia. Porque hay que aclarar que reconocer y decir que uno es bueno en algo no es ser un arrogante o un creído, es valorarse. Y no dar importancia a mis facultades no es ser humilde, es valorarse poco. Enseñemos a reconocer y dar valor a las aptitudes que uno tiene, a no renunciar a creer que se es bueno en algo y a poder mostrarlo a los demás sin recibir por ello críticas o caras de asombro.

La comunicación

Las etiquetas

No subestimemos el poder de las etiquetas. Repetirle con frecuencia a un niño que es un desastre, un bruto, que es malo o tímido, aumenta considerablemente las situaciones en las que el niño se comporte como tal. Porque la tendencia es la de actuar en función de las expectativas que se tengan de nosotros, el llamado Efecto Pigmalión o profecía autocumplida.

Por supuesto, este tipo de etiquetas negativas repercutirán en el autoconcepto del niño (lo que piensa de sí mismo) y, como consecuencia, en su autoestima (el valor que se otorgue), ya que las adoptará como propias, porque cuando me dicen muchas veces que soy malo, me lo creo y acabo siendo el malo.

El lado bueno es que también funciona en positivo. Si transmitimos, por ejemplo, nuestra confianza absoluta en que el niño es capaz de meter canasta en el partido de hoy, es mucho más probable que así sea. ¿Por qué? Pensemos por un momento qué ocurre en nosotros cuando alguien cree en nuestro potencial: que creemos que podemos tenerlo y ponemos todo el ímpetu por demostrar que así es. Si me lo creo, puedo hacerlo. Eso ocurre con el niño en el partido. Debido a las expectativas que hay sobre él, su motivación por meter canasta aumentará y con ella las posibilidades de conseguirlo.

Los mensajes

Cuidemos la manera en que decimos las cosas. Y aún más cuando nos dirigimos a niños (personas en proceso de aprendizaje, en plena construcción de su identidad y esponjas de su entorno).

Veamos con un ejemplo a qué me estoy refiriendo: el niño quiere escalar un muro. Planteamos dos opciones de reacción por parte de los padres: Primera opción, decirle “si te subes ahí con lo torpe que eres seguro que te caes”; y segunda opción, decirle “si vas a subirte ahí hazlo con cuidado mirando bien donde pones los pies”. En la primera, te estoy definiendo a ti, niño, como una persona torpe. Eso eres, te lo he dicho literal. De este modo provocaremos que se sienta inseguro (pensará, “me voy a caer, me voy a caer”), lo que aumentará considerablemente que dé un paso en falso y efectivamente se caiga. En el segundo ejemplo, sin embargo, lo que te digo es que, confío en que puedas subir, y lo que trato es de darte las indicaciones adecuadas para que lo consigas. Hay diferencia ¿verdad?

Estoy segura de que en ambos casos el objetivo de los padres es el mismo: no quiero que mi hijo se dé un porrazo. Sin embargo, en cada una de esas frases hay algo más implícito en el mensaje. Con la primera respuesta estoy mostrando nula confianza en sus facultades, y puede traducirse en que el niño genere un miedo a enfrentarse a determinadas situaciones. Con la segunda le animo a que lo intente, y en ningún momento pongo  en duda que no lo vaya a lograr. De este modo fomento que mi hijo tenga confianza en sí mismo (fomento su autoestima) y se sienta capaz de lograr lo que se está proponiendo. Y si se cae, se cae. Sólo practicando conseguirá subir con éxito la próxima vez.

La Autonomía personal

Una de las claves fundamentales para combatir los miedos y la inseguridad y, por consiguiente, de aumentar la confianza en uno mismo, es potenciar la autonomía del niño.

Cuántas veces nos ha pasado que preferimos darles de comer a la boca, cepillarles los dientes, vestirles, recoger nosotros sus juguetes, sólo por el mero hecho de que “así acabamos antes”. Vivimos en una sociedad a contrarreloj, sí, pero no olvidemos que ellos están en proceso de aprendizaje, y nuestra función es darles tiempo para ello.

Y, por supuesto, hay que darles responsabilidades: que se encarguen de comprar el pan, de ir al supermercado, que hagan un pedazo del camino andando al colegio, que preparen su propia merienda, que tengan la opción de elegir la ropa que se pondrán al día siguiente… Estas y otras tantas actividades generan en el niño sensación de autoeficacia, de que pueden tomar decisiones y responsabilizarse cada vez de más cosas, y eso cala en lo más profundo de su autoestima. Les hace sentirse felices y válidos.

Conclusión

Valora sus potenciales y fomenta que él se valore, piensa en lo que le vas a decir para escoger el mensaje más adecuado a lo que le quieras transmitir y no le prives de tener responsabilidades o libertad (adecuadas a su edad), pues todo ello va a ayudar no sólo a que tu hijo/a se sienta querido/a, sino también a que se quiera.

The following two tabs change content below.

Nuria Pozueta

Psicóloga especialista en terapia de conducta y psicología clínica infanto juvenil. Vivo mi profesión con pasión y dedicación. Amante de los animales, la naturaleza y los buenos ratos con amigos.

Latest posts by Nuria Pozueta (see all)

Write a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Consejos para superar la Depresión

Consejos para superar la Depresión

La salud mental es de vital importancia para mantener una elevada calidad de vida. Sin embargo, en muchas ocasiones esta …

sindrome postvacacional

VUELTA A LA RUTINA, SÍNDROME POSTVACACIONAL

Síndrome Postvacacional, ¿os suena? Seguro que sí.  Todos habréis escuchado en algún medio, cuando llega septiembre, …

cuando decir no

CUANTO NOS CUESTA DECIR NO

¿Qué es el NO? El valor del no, se adquiere desde la infancia puesto que forma parte de nuestra educación, nos acompaña …