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La Inteligencia Emocional en Familia desde los cimientos

La Inteligencia Emocional en Familia desde los cimientos

Estas líneas tienen la intención de introducirnos en la importancia de la inteligencia emocional en la familia (el inicio de una serie de posts que publicaremos acerca de este tema que nos apasiona). La familia es el núcleo de aprendizaje desde que nacemos, y educar en inteligencia emocional a nuestros hijos va a ser uno de los mayores regalos que les podemos ofrecer para su futuro.

¿Qué es inteligencia emocional?

Es la habilidad para percibir emociones; para generar emociones que faciliten el pensamiento: para comprender emociones; y para regular emociones que promuevan tanto el crecimiento emocional como el intelectual. Hablamos de gestionar la autoconciencia, la confianza en uno mismo, dominar emociones e impulsos, aumentar la empatía y la colaboración con los demás…

Ahí es nada. Es decir, que tener inteligencia emocional me permite disponer de las habilidades necesarias para conocerme mejor, tomar conciencia de mis emociones y de las de los demás, saber así cómo se siente alguien en un momento determinado, y poder actuar acorde a su emoción. Implica también conocer mis emociones para poder así darles nombre, comprenderlas, regularlas y sacar el mayor provecho de ellas para que me permitan mejorar, crecer, adaptarme mejor y vivir con mayor armonía.

En este artículo me centraré en lo que considero son los pilares fundamentales para poder desarrollar una buena inteligencia emocional en familia: El estilo educativo y el nivel de autoconocimiento emocional de los padres. A continuación explicaré por qué ambas cosas son esenciales y sustentarán un adecuado clima en el que aprender a nivel emocional.

La importancia del estilo educativo

Los estudios revelan que el estilo educativo de los padres incide sobre el desarrollo de la inteligencia emocional de sus hijos. Es decir, que en función del estilo educativo que adopten el padre y la madre, facilitarán o no el crecimiento y desarrollo de las habilidades emocionales de los hijos. Debo adelantar que no se considera que haya un estilo puro, sino que más bien se trata de tener una tendencia hacia un estilo determinado. Dentro de los diferentes estilos educativos encontramos los siguientes:

Estilo autoritario:

Se caracteriza por una gran disciplina, alto nivel de exigencia y escasa comunicación y expresión del afecto.

Entre los rasgos de los padres autoritarios destaca que en el hogar las normas son minuciosas y rígidas. Se utiliza con frecuencia el castigo como método educativo y se dan pocas alabanzas.  La comunicación es cerrada, no se escucha al niño (unidireccional). En definitiva, hablamos de un hogar caracterizado por un clima autoritario.

Las consecuencias educativas de este estilo educativo sobre los hijos son, entre otras, un bajo desarrollo de autonomía y autoconfianza, escasa competencia social, tendencia a la agresividad e impulsividad, moral heterónoma en su conducta (su conducta la determina la evitación de un castigo) y niños menos alegres y espontáneos.

Estilo permisivo:

Los padres suelen presentar un nivel alto de comunicación con sus hijos y de expresión del afecto: las normas y los límites son poco claros y la forma de actuar de los padres es inconsistente.

Proporcionan gran autonomía al hijo siempre que no se ponga en peligro su supervivencia física. Su objetivo principal es liberarlo del control y evitar el recurso de la autoridad, el uso de las restricciones y castigos. No son exigentes en cuanto a las expectativas de madurez y responsabilidad en la ejecución de las tareas. Uno de los problemas que presenta el estilo permisivo consiste en que los padres no siempre son capaces de marcar límites a la permisividad, pudiendo llegar a producir efectos socializadores negativos en los niños respecto a conductas agresivas y escaso logro de independencia personal.

Aparentemente, este tipo de padres forman niños alegres y vitales, pero dependientes, con altos niveles de conducta antisocial, poco maduros y con bajo nivel de éxito personal.

Estilo democrático:

Las normas y los límites están claros. Las consecuencias a las conductas también y los padres las cumplen, pero con un alto nivel de comunicación bidireccional y expresión del afecto en familia.

Los rasgos de conducta paternal más destacables de este estilo son el afecto manifiesto, sensibilidad ante las necesidades del niño, explicaciones al porqué de las normas y decisiones; son padres que promocionan la conducta deseable reforzándola, si se llevan a cabo técnicas punitivas, siempre son razonadas (si se castiga, se hace de manera moderada y acorde a la conducta que se quiere eliminar) y la comunicación es abierta (todos escuchan a todos). Se crea un clima de hogar afectivo.

Consecuencias educativas que tiene sobre los hijos este estilo educativo: niños con una elevada competencia social, se fomenta el autocontrol, la motivación y la iniciativa. Alta autoestima, niños alegres y espontáneos, y una clara disminución en frecuencia e intensidad de conflictos padres-hijos.

Las investigaciones coinciden en que los hijos de padres con un estilo democrático, tienen una inteligencia emocional más desarrollada. Por otro lado, el grupo con menor desarrollo de sus competencias emocionales son los hijos de padres permisivos.

Además de nuestro modo de relacionarnos con ellos, que se encuentra implícito en el estilo educativo que adoptemos, también somos modelos de conducta; y nuestras habilidades emocionales serán ejemplo para ellos.

La manera en la que nosotros manejemos, expresemos o regulemos nuestras emociones, determinará en gran medida cómo aprendan a hacerlo nuestros hijos.

El autoconocimiento emocional

Es la competencia base sobre la que sustentar el resto de las habilidades que componen la Inteligencia Emocional.

Comienza con el reconocimiento de emociones en uno mismo. Unos padres que se conocen a nivel emocional, pueden ser unos padres mejor regulados y estables, que sean ejemplo de autocontrol y de gestión de emociones. Para ello, la percepción de emociones será clave para observarse y familiarizarse con el mundo emocional de cada uno. Esto incluye la habilidad de identificar qué siento, ponerle nombre, reconocer en mí las sensaciones que acompañan a la emoción. Es fundamental para esto conocer las emociones y disponer de un vocabulario emocional.

¿Cuántas veces nos ocurre que nos sentimos de una manera determinada y al expresarnos decimos “estoy mal”? “Mal” no es una emoción. “Mal” responde generalmente a un estado emocional negativo, pero ¿qué emoción? ¿Triste, enfadado, frustrado…? ¡Eso es vocabulario emocional! Saber ponerle nombre a mi estado. Incluyendo emociones en nuestro repertorio conseguimos que los más pequeños se familiaricen con ellas y, por tanto, aprendan a darles uso para poder describir sus sentimientos. Papá y mamá también pueden estar tristes, enfadados, nerviosos… y comunicándoselo a nuestros hijos normalizamos el poder sentirlas y fomentamos que ellos también se expresen cuando se sientan de ese modo.

También podemos ayudarles a ellos cuando percibimos que están sintiendo una emoción intensa: “María, tu hermano te ha tirado del pelo y eso no te ha gustado ¿verdad? ¿Te has enfadado y por eso ya no quieres jugar con él? De este modo le vamos ayudando a que ella vaya identificando que lo que siente tiene un nombre y, lo más importante de todo, que validamos su emoción y que la entendemos.

Ayudarles a entender por qué se siente de una determinada manera y cuál ha sido la causa de dicha emoción va a ser clave para potenciar su comprensión emocional.

Conclusión

Concluyo estas líneas recalcando la importancia de establecer un clima de comunicación en el hogar que promueva la participación activa de todos los miembros de la familia, la transmisión de afecto y el establecimiento de límites y normas para aportar seguridad a los niños y desarrollar y potenciar en ellos una buena autoestima y adquirir autonomía.

Unos padres que se conocen a nivel emocional, fomentan y son modelo de autoconocimiento, gestión y educación en emociones.

Ambos pilares, el estilo democrático y el autoconocimiento son, sin duda, los mejores predictores de una buena educación emocional en familia.

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Nuria Pozueta

Psicóloga especialista en terapia de conducta y psicología clínica infanto juvenil. Vivo mi profesión con pasión y dedicación. Amante de los animales, la naturaleza y los buenos ratos con amigos.

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