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Dime qué piensas y te diré qué sientes

Dime qué piensas y te diré qué sientes

A dos personas no les sienta igual la misma situación. ¿Por qué? Porque cada individuo percibe el mundo a través del filtro de su propia interpretación, es decir, de lo que piensa.

Pongámonos en situación:

Es sábado, son las 10 de la mañana, y hace 30 grados con un sol radiante y caluroso. Amalia había hecho planes de irse a la playa, por lo que esta situación le produce una emoción de alegría; mientras que Sergio quería trabajar en su campo, por lo que esta situación le hace sentir enfado.

La situación para ambos es la misma, pero entonces… ¿por qué le sienta diferente a Amalia que a Sergio? Es en este momento cuando entra en escena el tercero que media entre lo que pasa y lo que siento: mi pensamiento, o lo que interpreto sobre lo que pasa. Amalia ha pensado “Genial, hace buen tiempo, puedo hacer el plan previsto”, y es este pensamiento el que le ha hecho ponerse alegre. Sergio ha pensado “Vaya, con este calor imposible ir hoy al campo, no puedo hacer el plan previsto”, y es este pensamiento el que le ha hecho ponerse enfadado.

No es tanto el hecho en sí, sino cómo interpreto este hecho lo que va a suscitar en mí una emoción o sentimiento determinado. Ante una misma situación es posible incluso que me sienta un día bien y otro día mal; depende de lo que haya pensado sobre dicha situación.

Los pensamientos negativos generan más emociones negativas, y los pensamientos positivos generan más emociones positivas.

Veamos otra situación:

La última persona en llegar a la cola del control de seguridad del aeropuerto pide al resto de personas si por favor le pueden dejar pasar. Al señor de bigotes no le importa, a la joven de los cascos le da igual, a una pareja les molesta, a la mujer le enfada, al chico joven le pone furioso.

¿Por qué la misma situación ha provocado emociones diferentes en cada persona? Porque cada uno ha pensado algo diferente, ha interpretado a su manera la situación. El señor de bigotes pudo pensar “total, yo voy con tiempo suficiente”; la joven de los cascos pudo pensar “no quiero opinar”; la pareja pudo pensar “va a esperar menos que nosotros”, la mujer puedo pensar “si hombre, qué morro”; el chico joven pudo pensar “de mí no se ríe nadie, se va a enterar”. A cada interpretación le ha correspondido una emoción.

Lo que pienso influye en lo que siento, y lo que siento influye en lo que pienso. Por esta razón es tan importante hacerme la siguiente pregunta: ¿Qué he pensado sobre lo que ha pasado? ¿Cómo lo he interpretado? Es decir, hacerme consciente de mis pensamientos. Son los que, en gran medida, modulan mis emociones. Analizar el pensamiento que está asociado a lo que estoy sintiendo es especialmente útil si quiero suavizar o manejar emociones como la tristeza, el enfado, la impotencia, la frustración, la rabia, la decepción, el malestar

Cambia tu pensamiento

Te propongo un pequeño ejercicio: la próxima vez que sientas una emoción que te resulte desagradable, párate a reflexionar sobre qué es lo que te ha llevado a sentirlo y modifica tu pensamiento original. Y observa después cómo tu emoción se va a ir suavizando poco a poco.

Pongamos por ejemplo que esta mañana te has levantado de mal humor porque no recordabas que iban a cortar el suministro de agua caliente; te has cogido un rebote fuerte y te ha costado toda la mañana tranquilizarte. Seguramente esta emoción surgió tras pensar “No hay derecho; yo necesito ducharme, no puedo ir así a trabajar. Esta gente lo hace justo a las 7:45 para fastidiar. Voy a trabajar mal”. Derivado de este pensamiento, tu emoción muy probablemente haya sido intensamente negativa ¿no? De hecho, todavía al llegar a casa a mediodía estabas enfadada.

¿Qué podrías haber hecho diferente para suavizar esta emoción intensa de rabia, frustración, impotencia, enfado? Pues cambiar tu pensamiento.

Mira qué hubiera pasado si esta mañana, al darte cuenta de que no te habías acordado que iban a cortar el suministro de agua caliente, hubieras pensado “Vaya faena, que rabia. Menos mal que solo es hoy. Ya me lavaré el pelo esta noche. Así tengo más tiempo para desayunar. Venga que no es para tanto”. Está claro que la situación te molesta, que no ha sido tu mejor despertar, pero no ha llegado a generarte emociones tan intensamente negativas. Has manejado mejor tus emociones.

No estamos diciendo que, como si de una varita mágica se tratará, un pensamiento sea capaz de pasar automáticamente del enfado a la alegría, o de no tener emociones desagradables, sino que sabemos que modificando el modo en que interpretamos lo que me pasa, podemos suavizar, es decir, manejar mejor nuestras emociones.

RECUERDA: Si sientes una emoción negativa intensa, analiza tu pensamiento y trata de modificarlo.

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Alexandra Crettaz

Psicóloga especializada en Terapia Clínica con adultos y experta en Sexología. Comprender y entender cómo funcionamos las personas me apasiona. Me encanta compartir las pequeñas alegrías del día a día con mi gente y descubrir sitios nuevos.

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