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Consejos para controlar nuestras preocupaciones y aprender a relativizar

Consejos para controlar nuestras preocupaciones y aprender a relativizar

La preocupación es una sensación de inquietud y alarma que podemos sentir ante determinadas situaciones que van a ser desagradables o que creemos que nos van a causar sufrimiento o malestar. La preocupación, asimismo, consiste en varios pensamientos asociados a sentimientos de miedo y aprensión.

Pre-ocuparse y preocupación excesiva

Antes de tomar una decisión, poner en marcha una acción, comunicar una idea, o afrontar una situación-problema, nos lo pensamos. Esta preparación mental puede sernos muy útil. Pensar en lo que va o puede pasar, o preparar una situación futura nos ayuda a, por ejemplo, elegir una adecuada manera de actuar, pensar varias opciones, crear un espacio de reflexión para afrontar la situación… en cierta manera, podemos decir que “nos ocupamos antes de”, o dicho de otro modo, “nos pre-ocupamos”. Esta actitud, en sí, es positiva y adaptativa.

Pero esta actitud se vuelve negativa y perjudicial cuando pensar por adelantado se convierte en una preocupación excesiva o enfermiza. Me refiero a la tendencia a darle muchas vueltas al “y si pasa…” con miedo; pensar con la misma exagerada importancia tanto en eventos significativos como en pequeñas cosas, de manera reiterada, y sobre cosas temidas reales o imaginadas. Es esta preocupación excesiva la que se considera perjudicial para el bienestar emocional y conviene prevenir.

Preocupación excesiva y ansiedad

La preocupación es a la ansiedad lo que los pensamientos negativos a la depresión: su piedra angular. El proceso mental de preocuparse provoca tensión muscular, inquietud, estado de alerta ante posibles amenazas; el tiempo requerido para la preocupación excesiva se pierde para hacer otras cosas y solucionar problemas. Es decir, provoca una activación elevada con síntomas de ansiedad. También afecta al sueño, al apetito, a la conducta sexual. Una persona con tendencia a preocuparse en exceso tiene más probabilidad de desarrollar ansiedad, y una persona con ansiedad tiene más pensamientos de preocupación.

Las técnicas elegidas en la terapia psicológica para trabajar la preocupación patológica o subyacente a otros problemas emocionales como el estrés o la ansiedad, están centradas en ayudar a la persona, por una parte, a regular su activación fisiológica mediante diversas técnicas de relajación y respiración y, por otra parte, a detectar sus pensamientos de preocupación y modificarlos.

¿Me preocupo en exceso?

Están aquellas personas que confunden estar preocupadas con ser responsables; están aquellas otras que preocupándose creen tenerlo todo bajo control; y las personas que confunden preocupación con atender y resolver los sucesos normales del día a día. El rasgo común de todas ellas es que detectan que cualquier situación puede convertirse en un problema a resolver y que deben controlarlo. De esta manera, están constantemente pensando en el futuro con angustia para evitar alguna desgracia.

Se considera que una persona tiene tendencia a pensar con preocupación excesiva cuando esto repercute negativamente en sus relaciones, encuentra difícil dejar de preocuparse y/o lo hace constantemente sobre asuntos a los que el resto de la gente no le otorga importancia. También tienden a divagar en exceso sin encontrar soluciones a los problemas y sus preocupaciones conllevan aumentos en los niveles de estrés y fatiga a la vez que pérdida de rendimiento y lentitud a la hora de realizar tareas.

En caso de que se detecte una preocupación excesiva que provoca niveles altos de ansiedad o problemas que interfieren mucho en su día a día, recomendamos acudir a consulta de terapia.

¿Qué podemos hacer para que no nos dominen las preocupaciones?

Es muy probable que, sin llegar a tener un estilo de pensamiento enfermizo, estemos deseando reducir un poco nuestra preocupación general. Para ello, veamos algunas pautas útiles para el día a día.

Establecer un tiempo para preocuparse

Se trata de acotar el tiempo de preocupación para que no se adueñe de mi vida. Cada día debo elegir un lapso de tiempo determinado para pensar en aquello que me preocupa, con la condición de poder hacerlo solamente durante este tiempo limitado. Por ejemplo, elijo media hora cada día antes de cenar. Si aparecen pensamientos de preocupación en otro momento del día, los aparto y los dejo para ocuparme de ellos durante esa media hora prevista.

Aprender a relajarse

La preocupación está íntimamente relacionada con la ansiedad. Siendo así, la relajación resulta ser un recurso muy útil para reducir ambas dos. Existen técnicas que, si son practicadas con constancia, son muy efectivas. Te recomendamos que te informes sobre los ejercicios de respiración abdominal y sobre la técnica de la relajación muscular progresiva. También son muy aconsejables los ejercicios de meditación y de mindfulness.

Diferenciar entre problemas actuales y situaciones hipotéticas

Hay distintos tipos de preocupación. Hemos de aprender a darnos cuenta de si es relativa a un tema actual, es decir, que el problema ya existe, o si mi preocupación tiene que ver con una situación hipotética, es decir, que el problema no existe todavía y en muchos casos no existirá. Voy a tratar de mirar el panorama con objetividad, ciñéndome a los hechos. Apunto en un papel mi preocupación y apunto al lado si se trata de un problema actual o hipotético.

Relativizar

Recuerda que la preocupación no te protege de las cosas que temes. Lo que ha de pasar, pasará. Estés o no agobiado por ello. Las personas que piensan bajo la preocupación comenten el error de ser más dramáticas o catastróficas en su interpretación. Cuando apuntes tu preocupación, piensa si no estarás dramatizando y trata de relativizar tu pensamiento.

El problema tiene solución o no la tiene

Entrénate en distinguir entre las preocupaciones que tienen solución y las que no la tienen. Si existe una solución, mejor céntrate en pensar las opciones para solucionarlo. Y, si lo que te preocupa no tiene solución actual, aprende a no prestarle atención. Las preocupaciones del tipo “qué pasaría si…” no suelen estar justificadas. Y si realmente se puede prevenir, toma medidas en vez de pensar en las consecuencias. Por ejemplo, si lo que te preocupa es padecer algún día alguna enfermedad grave, busca la manera de llevar una vida sana que te ayude a prevenirla, en vez de pensar en cómo solucionar lo que podría pasar contigo y con los tuyos.

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Alexandra Crettaz

Psicóloga especializada en Terapia Clínica con adultos y experta en Sexología. Comprender y entender cómo funcionamos las personas me apasiona. Me encanta compartir las pequeñas alegrías del día a día con mi gente y descubrir sitios nuevos.

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